EL CORONAVIRUS NO HA SIDO UN ACCIDENTE

Cuidar la biosfera, cuidar la salud

Y cuando nadie lo esperaba, llegó el coronavirus.

Todos los profetas que auguraban que la vida humana seguiría alargándose en las próximas décadas, que la ciencia del envejecimiento nos permitiría vivir más de 140 años, que tal vez incluso nos abriría las puertas de la inmortalidad, se quedaron sin palabras. Llevan un año callados.

Ha sido un regreso al pasado. Un pequeño virus de 100 nanómetros de diámetro ha pinchado el globo de los sueños del futuro y ha recordado a la humanidad que su destino continúa estando ligado al de las enfermedades infecciosas.

El coronavirus no ha sido un accidente; es uno más en una larga lista de patógenos provocados por actividades humanas

La peste, la viruela, la gripe o el cólera cambiaron el curso de la historia. También la covid, que cuando acabe la pandemia permanecerá como una infección endémica, marcará un antes y un después. Nuestra manera de vivir, de trabajar, de consumir, de viajar o de relacionarnos quedará transformada. No todo va a cambiar mucho, pero nada será exactamente igual.

 

 

Para los investigadores de la salud, una de las grandes lecciones que dejará el coronavirus será que el bienestar de las personas no depende solo de qué ocurre en el interior del cuerpo humano, de cómo se puede controlar la proliferación de las células o frenar el envejecimiento de los tejidos. Depende también, y sobre todo, de cómo la humanidad se relaciona con la biosfera. Igual que las bacterias que viven en el tracto digestivo dependen de la salud global de la persona, los seres humanos dependen de la salud de los ecosistemas.

Si destruyen bosques y ríos, agotan recursos naturales y ponen en contacto especies que nunca se hubieran encontrado, es solo cuestión de tiempo que aparezcan enfermedades que nunca hubieran aparecido. Basta con ver la lista de los últimos cincuenta años: ébola, sida, legionella, fiebre del Nilo occidental, zika, ahora covid… Vendrán otras en el futuro.

El coronavirus no ha sido un accidente. Solo es el último invitado que se suma al gran festín de los patógenos favorecidos por la humanidad, un festín que está lejos de haber terminado. Y ha sido una cura de humildad. No estamos por encima de la naturaleza, dependemos de ella.

Lo que más amenaza la salud de los seres humanos en las próximas décadas no son las enfermedades a las que se dedica el grueso de los investigadores biomédicos y de la industria sanitaria. Son el cambio climático, las desigualdades sociales, las necesidades de energía, agua y alimentos de una población creciente y los cambios en los ecosistemas si la velocidad de estos cambios supera la capa­cidad de adaptación de la humanidad.

Y estas amenazas no son para las generaciones futuras. Son para las actuales. Pueden parecer amenazas lejanas, pero es porque el tiempo futuro parece más distante que el tiempo pasado. Pueden hacer la prueba: ¿les parece que el año 2040 queda lejos?; ¿el año 2000 les parece igual de lejano? Pero los próximos veinte les van a pasar más rápido que los últimos veinte. Y quienes se van a encontrar con el problema de gestionar las catástrofes del cambio climático, la destrucción de los ecosistemas y el deterioro de la biosfera son los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes de hoy en día. La generación Greta Thunberg.

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